

Es difícil ponerse de acuerdo en el contenido concreto de la felicidad individual. Los proyectos privados pueden entrar en conflicto. Por eso, las sociedades necesitan establecer valores, normas y modos de vida compartidos que permitan resolver esos enfrentamientos y hacer compatibles las aspiraciones a la felicidad.
Afortunadamente, el acuerdo que no podemos conseguir en el campo privado lo podemos alcanzar en el social. En la pugna entre distintos modelos de convivencia y de organización de la sociedad, se ha ido imponiendo el que defiende los derechos individuales, la participación en el poder político, el rechazo a la discriminación (es decir a las desigualdades no justificadas), la racionalidad como mejor modo de resolver conflictos, la función social de la propiedad, las seguridades jurídicas que nos defiendan de la arbitrariedad, y las políticas de ayuda que protejan a los débiles.
En consecuencia, podemos considerar como "buenos" los comportamientos que son compatibles o que ayudan a realizar ese modelo de convivencia, y "malos" los contrarios.
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